El desierto de Gobi: Un lugar para perderse

¿Quieres escapar del mundo? El desierto de Gobi, en Asia Central, puede ser ese lugar a donde perdernos… y encontrarnos.

Se dice que no todo el mundo es capaz de soportar el silencio y la árida belleza de los desiertos. En la dureza de estas regiones, las personas que aman el aislamiento, las colinas de arenas y su emocionante silencio, adoran este lugar.

El desierto de Gobi se extiende en un área de 1.300.000 kilómetros cuadrados, entre China y Mogolia, siendo uno de los más bellos y apacibles desiertos de toda Asia. Históricamente, se destaca por haber sido parte del Imperio mongol y por la ubicación de varias ciudades importantes a lo largo de la Ruta de la Seda, ahora conectadas por carreteras y pistas. Es atravesado por el ferrocarril Transmongoliano, que une Ulán Bator con Pekín. Gobi tiene uno de los climas más extremos del mundo. Los meses en verano pueden llegar a los 50ºC, mientras que en los meses de invierno, las temperaturas pueden caer por debajo de los – 40ºC.

En mongol, Gobi significa “lugar sin agua”, un nombre muy adecuado teniendo en cuenta las pocas precipitaciones del lugar. La zona, se encuentra a la sombra de la cordillera del Himalaya, por lo que todas las nubes cargadas de agua que vienen desde el Océano Índico, son interceptadas por la cadena montañosa, reforzando la cruda belleza del lugar.

Para visitar el desierto de Gobi, lo ideal es salir desde Ulán Bator, la capital de Mongolia. La travesía por el desierto de Gobi, es una aventura. Lo más pintoresco es hacerlo en furgoneta. Dalanzadgad es la última población como tal antes del desierto. La ciudad tiene un supermercado grande, varias gasolineras y una extravagante oferta de ocio: varios pequeños karaokes llenos de habitantes locales que no dudarán en alcanzarnos un micrófono para que cantemos los clásicos que para ellos pueden ser impronunciables. Es un buen lugar para acabar una noche de cervezas antes de meterse de lleno en el polvo, la arena y el horizonte inacabable del Gobi.

Adentrarse en el basto desierto de Gobi impone, y solo la compañía de buenos amigos y sus conversaciones banales, pueden, por momentos, hacernos olvidar la realidad de que nos enfrentamos a uno de los escenarios más caprichosos de la naturaleza: dunas gigantes, montañas rocosas, llanuras infinitas, tormentas de arena, y frío y calor extremos. Lo más seguro es contratar un conductor local, pero si aún así se prefiere la aventura personal, un buen GPS con mapas actualizados es la forma más segura de hacerlo; o con mapas de papel y una brújula, mientras se sigue las columnas de humo que levantan los audaces conductores locales que llevan a turistas de un lado para otro. Google Maps es inútil, incluso sin conexión.

La travesía por el desierto es poco imaginable. Las dunas de arena son solo una parte estanca de este paraje salvaje. Solo el 5% del desierto de Gobi está compuesto por dunas. Antes de llegar a las famosas dunas, nos exponemos a un espectacular paisaje de melancólicos afloramientos rocosos y profundos cañones y acantilados que se iluminan de color naranja en la luz del atardecer. Por muchas horas, se ve una llanura árida salpicada por esqueletos de animales que no lograron sobrevivir y formaciones de aves carroñeras acechando cadáveres en descomposición. La naturaleza es así, cíclica.

Hermosas postales que nos hacen reflexionar sobre nuestra propia existencia. A lo largo del recorrido, se puede observar animales tales como el leopardo de las nieves, los camellos de dos jorobas, el oso pardo del Gobi, ovejas salvajes, entre otros. Con mucha suerte, quizás hasta podamos encontrar un huevo de dinosaurio! Gobi es el paraíso para los paleontólogos. Debido a la erosión del viento constante que azota la región descubre restos óseos de tiempos prehistóricos que abren un portal hacia el pasado de nuestro planeta.

Después de cientos de kilómetros, las dunas empiezan a asomar. Al final de un día de travesía en medio de la nada se encuentran las impresionantes dunas de Khongoryn Els. Estas colosales formaciones de arena dorada que contrastan con el intenso azul del cielo están ahí todo el año (incluso cubiertas de nieve en el invierno) y su excepcional atractivo ha provocado que a su alrededor se hayan levantado algunos campamentos de yurtas para alojar a turistas. Éstos cuentan con minimarkets con lo básico: una cerveza fría en este lugar puede ser el mayor lujo que nunca hayamos disfrutado.

Con certeza, lo mejor de un viaje de este tipo, será compartir esta extraordinaria experiencia con las familias nómadas, conocidas por su amabilidad y hospitalidad, y ser testigo de sus ancestrales costumbres. Estas personas viven en Yurtas, las tradicionales viviendas de fieltro y lona utilizada por los pueblos nómadas en las estepas de Asia Central, que también serán hospedaje en el camino.

Las dunas se pueden subir por cualquier parte, dejando el coche a los pies de estos gigantes de arena que alcanzan hasta los 150 metros de altura desde tierra firme. La cumbre de arena se alcanza después de una hora de empinada subida, con viento y arena que golpea sobre la piel. Una vez arriba, se extiende un infinito mar de dunas que parece no terminar. Pocas sensaciones igualan a la de estar en la cumbre de una montaña de arena. La cumbre de una duna de Khongoryn Els no tiene nada que envidiar a esa experiencia de libertad y de conexión total con la naturaleza. Bajar de las dunas se puede hacer corriendo, mientras se hunden los pies en la increíble cama de arena de las pendientes, o incluso en trineo o tabla. La duración de la bajada puede ser fácilmente de 5 minutos.

Una de las postales más icónicas de Mongolia son los camellos de dos jorobas (de raza autóctona) en medio de las dunas. En Khongoryn Els es posible hacer excursiones a camello con los lugareños y recorrer las dunas como lo hacían las caravanas de la ruta de la seda que conectaban Europa con China a través de este desierto. Más allá de Khongoryn Els, hacia el oeste, lo que queda es terreno inexplorado, incluso al día de hoy. Los parques nacionales del Gobi A y el Gobi B son desierto en su más pura esencia: no hay ningún monumento natural en sí mismo, sino miles y miles de kilómetros de nada, sin rutas marcadas en los mapas más detallados, ni siquiera caminos conocidos por vaqueanos del lugar.

Verdaderamente, el desierto de Gobi es un lugar para perdernos en un recorrido interior, de conexión con la vida misma.